«¡Sígueme!» (Mc 2, 14): La vocación al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada en el mundo actual
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Prot. N. 26/282 ESP
«¡Sígueme!» (Mc 2, 14): La vocación al
ministerio sacerdotal y a la vida consagrada en el mundo actual
Mensaje del Sínodo de los Obispos
de la Iglesia Greco-Católica Ucraniana de 2026
dirigido a los padres, a los jóvenes, al clero, a los consagrados y a todos los laicos de la Iglesia Greco-Católica Ucraniana y en las comunidades de la diáspora, así como a todas las personas de buena voluntad
Yo oí la voz del Señor que decía:
«¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?».
Yo respondí: «¡Aquí estoy: envíame!» (Isaias 6, 8).
Queridos en Cristo!
Reunidos en el Sínodo de los Obispos de la Iglesia Greco-Católica Ucraniana de este año, celebrado en el Centro de Peregrinación Mariana de Zarvanytsia, y movidos por el sentido de la responsabilidad pastoral por el bien del rebaño que se nos ha confiado, hemos dedicado especial atención al tema «La pastoral vocacional: la vocación sacerdotal y a la vida consagrada».
En la comprensión cristiana, la vocación no es una profesión, sino una identidad que nace como respuesta a la llamada a ser discípulos de Cristo. En un sentido más amplio, cada cristiano tiene su propia vocación: dar testimonio del amor de Dios en el mundo, en el camino hacia la salvación, de acuerdo con su edad y estado de vida, creciendo en la fe, en la santidad y en el amor. Al mismo tiempo, algunos son llamados a un ministerio especial: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres» (Mt 4, 19). En la mayoría de los casos, esta vocación se realiza en el ministerio sacerdotal o en la vida consagrada.
A lo largo de la historia de nuestra Iglesia, el Señor ha enviado constantemente obreros fervientes a su cosecha. La llamada de Cristo condujo en su día a las Cuevas de Kyiv, a Antonio y Teodosio, los fundadores de la vida monástica en Ucrania. Sirvió de guía al conde Román Sheptytsky, quien llegó a ser el Arzobispo Metropolitano de Lviv, impulsando el renacimiento espiritual de nuestra Iglesia y de nuestro pueblo en el siglo XX. Durante la época del régimen ateo, respondiendo a la llamada del Señor, jóvenes en busca de la verdad divina pasaron a la clandestinidad para preservar la chispa de la esperanza y la luz de la fe en medio de la oscuridad, del mal y de la falsedad. Posteriormente, por bendición divina, cuando nuestra Iglesia salió de la clandestinidad, un gran número de jóvenes, hombres y mujeres, respondieron a la especial llamada interior del Señor: «Sígueme», y entraron en los seminarios, monasterios y comunidades de vida consagrada.
El Espíritu Santo siempre llena a la Iglesia de obreros para su viña, incluso en tiempos difíciles y de prueba. Lo único que se necesita es que estemos abiertos al don de la vocación, que deseemos este don y que recemos constantemente por él: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha» (Mateo 9, 37–38). Por eso, con gratitud hacia quienes ya han respondido a la llamada del Señor, queremos animar a todos, queridos hermanos y hermanas, a mantener una actitud de apertura y oración ante este don de Dios.
¡Queridos jóvenes! Quizás ustedes se pregunten: «¿Cómo Dios llama al servicio en la Iglesia?». La vocación suele surgir en una etapa temprana de la vida, cuando un niño experimenta la bondad y el amor de Dios, y empieza a comprender lo importante que es eso para su vida. El Señor llama a través de la participación en la comunidad eclesial, especialmente en la familia cristiana, la «Iglesia doméstica» y en la comunidad parroquial local. El Señor llama con su palabra, a través de la escucha y la lectura de las Sagradas Escrituras. El Señor nos habla en la vida litúrgica de la Iglesia, a través de los Sacramentos, especialmente en la Confesión y en el silencio de la oración personal. El Señor llama valiéndose de personas que, con su testimonio de vida, alegre y agradable a Dios, brindan a los demás la oportunidad de conocerlo, animándolos a seguirlo.
La vocación en la Iglesia es un gran don y, al mismo tiempo, una gran responsabilidad. Requiere apertura, espíritu de escucha, sensibilidad interior y capacidad para discernir la voz de Dios en lo más profundo del corazón. Para responder adecuadamente esta llamada, es necesario cultivar el amor a Cristo y su Iglesia, estar dispuesto a hacerse un instrumento en manos de Dios y abrirse a los diferentes servicios en la Iglesia. Los incentivamos a rezar y a trabajar en vuestro crecimiento personal, a practicar las virtudes y, con palabras y obras, a ayudar a los demás a acercarse a Cristo. Participen activamente en las comunidades juveniles de la Iglesia. Al atravesar diversas crisis en vuestra vida personal, familiar o social, especialmente en medio de las pruebas de la guerra actual, cultiven siempre la amistad con el Señor Jesús, buscando en Él apoyo, consuelo y orientación para tu vida. Que el Señor te ayude a través de la cercanía a su Santísima Madre, el modelo de apertura al don de la vocación: «He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lucas 1, 38).
¡Queridos padres! Agradeciéndoles su servicio, los animamos a vivir plenamente la vida cristiana en sus familias. Traten a sus hijos con la consciencia de que son hijos de Dios, confiados a sus cuidados. Recen cada día junto a ellos, participando activamente en la vida de la Iglesia. Apoyen el deseo de vuestros hijos de servir a Dios y a la Iglesia. Sean para ellos una imagen viva del amor de Dios. Con vuestro propio ejemplo, enseñen a ellos a ser abnegados, generosos, confiando siempre en la gracia del Señor. Muestren a los hijos la grandeza del ministerio de la Iglesia, recuérdense que los padres de un sacerdote, de un consagrado o consagrada, gozan de un respeto especial en la Iglesia, como aquellos que han bendecido a sus hijos para que entreguen su vida al servicio de Dios.
¡Queridos párrocos! Junto con vuestras comunidades parroquiales, ustedes cumplen una misión especial en la pastoral vocacional: auxiliar a los jóvenes a discernir la acción del Espíritu Santo en sus corazones. Por eso es importante que apoyen la vocación de un joven escuchándolo con atención, animándolo y brindándole apoyo. Su ejemplo personal de vida piadosa y un ministerio desempeñado con alegría y celo, en un espíritu de abnegación, anima a los jóvenes a seguir sus pasos.
Con frecuencia, la vocación de un joven se apaga simplemente porque nadie le prestó atención a tiempo ni la apoyó. Cultiven las vocaciones invitando a los niños y jóvenes a participar activamente en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia. Reúnanse con los jóvenes regularmente. Organicen peregrinaciones y campamentos de verano para ellos. Inviten a seminaristas, sacerdotes y personas consagradas a los eventos organizados para niños y jóvenes. Sobre todo, recen por las vocaciones junto con toda la comunidad parroquial. Si de su parroquia han surgido vocaciones al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada, háganlo saber a los jóvenes. Inviten a estas personas para que puedan dar testimonio de su camino vocacional personal en su parroquia de origen.
¡Queridos sacerdotes, hermanos y hermanas de las comunidades de vida consagrada! Estén presentes en la vida de nuestros jóvenes. Que la alegría de su vocación sea visible para todos en sus palabras y obras. Cultiven las virtudes evangélicas — la pobreza, la castidad y la obediencia—, viviendo juntos en una comunidad que sea modelo de hermandad cristiana, de cooperación por el bien de la Iglesia de Cristo y por la santificación del Pueblo de Dios. Practiquen el acompañamiento espiritual — la paternidad y la maternidad— tanto en sus propias comunidades como hacia quienes acuden a sus hogares en busca de apoyo, sanación o ayuda.
¡Queridos hermanos y hermanas en Cristo! Sepan que las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada son un signo de la vitalidad de la Iglesia. De hecho, ella engendra sin cesar nuevos trabajadores para la viña de Cristo. Una parroquia vibrante es un lugar donde un joven puede encontrarse con el Cristo vivo y escuchar su llamado: «¡Sígueme!». Una auténtica «Iglesia doméstica» es una comunidad familiar que crea todas las condiciones para que la semilla de una vocación crezca hasta alcanzar la madurez. Por lo tanto, animemos todos juntos este gran don y acompañemos a los llamados con nuestras oraciones.
¡Que la bendición de Dios Todopoderoso, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, descienda sobre cada joven, sobre sus padres, sobre los sacerdotes, hermanos y hermanas en la vida consagrada, sobre cada una de nuestras comunidades parroquiales y sobre todo nuestro pueblo, ¡y que esté siempre con todos ustedes!
En nombre del Sínodo de los Obispos de la Iglesia Greco-Católica Ucraniana,
† SVIATOSLAV
Dado en Kyiv,
en la Catedral Patriarcal de la Resurrección de Cristo,
en el día del Santo Apóstol Aquila,
el 14 de julio del año 2026